- ¿Es que no va a dejar de llover?
- No parece.
- ¿Cuándo va a dejar de llover?
- Pues cuando escampe.
- Mira esto, tengo el estómago lleno de lluvia.

Y me abro la compuerta delantera, y el estómago se llena de agua hasta arriba, y se me ahogan las sensaciones, las vísceras, el alma. Ni siquiera quiero comer lo que descongelé anoche. Salgo hacia mi casa. Llueve, no para, no va a parar. Me piden un cigarrillo. Lo doy. Es fácil. Tengo algo que esa persona quiere, y no me importa. Toma. Gracias. No hay de qué. El paraguas se pone del revés, espero impaciente a que los coches formen olas que me arrastren, que hagan que los pies pesen más de lo que ya pesan, con litros de agua en cada bajo del pantalón. Y bajo el agua me siento quemada, carbonizada, olvidada entre los restos del ataque de un volcán. Estoy en Pompeya. Soy negra, miro como el humo sale de mi cabeza, de mis manos, lentamente, casi líquido, y yo me quedo muy quieta, esperando consumirme pronto. Esperando que la lluvia me apague.

Lluvia

Tengo dos opciones. Sin optar por ninguna, sigo la línea de baldosas que no tiene charcos, la que que sobresale, convexa, que no puede llenarse de nada. No me sale otra cosa. Las baldosas me llevan a mi casa, que es a donde voy. Pero no estoy, no tengo pies, no tengo casa, no tengo voz, no tengo más que lluvia y cielos grises, cigarrillos, un paraguas. Consigo llegar a casa sin mojarme la cara. Cierro la puerta y no sólo llueve sino que truena y relampaguea, aquí dentro. Y sí que se cuela el agua en los pies, y antes los charcos me daban risa, pero ahora tengo miedo. Porque me caigo en uno y no salgo, y nadie se entera, y no puedo nadar hacia arriba aunque me quite los zapatos.