Hay muchas cosas en tu vida, no puedes permitir que una sola se convierta en un desagüe, y que se trague todo lo demás. Tú vales muchísimo, eso se ve de lejos. Ahora tienes que pensar qué es lo que va mal, esto va aparte. Tienes que pensar en ti. Deja de plegarte a las necesidades de los demás. No entiendo por qué sus deseos se convierten en órdenes para ti. ¿Qué es lo que necesitas tú? Un día te voy a grabar lo que dices y te lo voy a poner en un día que estés serena y bien, ya verás cómo te ríes. Monta un pollo, haz una llamada a las tres de la mañana, grita, lo que te salga antes. Permítete llorar hoy, pero sólo hoy, mañana di lo que piensas, desahógate. Tienes que aprender algún día a vivir sin ese colchón. Y haz lo que necesites. Hazlo, María, es una orden.

Lucía habla de colchones. La protagonista de lo que escribo habla de muletas. Es maravilloso poder contar con la gente. Jamás rechazaría la ayuda de los que me quieren, sus palabras, la calidez del agua de una piscina bien llena en la que hacerme la muerta. Me gusta que mis amigos estén pendientes de mí, claro, a quién no, y estar yo pendiente de ellos. Me hace feliz verles felices. Pero no funciona tan bien cuando yo estoy distorsionada, desordenada, desubicada. Sé que todo lo que se leía últimamente por aquí mostraba felicidad absoluta. Tengo motivos. Ponerme a escribir, en serio, me hace tremendamente feliz. Claro que sí. Y otras cosas también. Unas más que otras. Pero flaqueo, a veces, o me flaquean los motivos esenciales, y me tiemblan las piernas, y me apoyo en lo que puedo, y me da por llorar, como una niñata tonta. No quiero ser así.

Quiero crecer. Necesito crecer y comportarme como una persona madura y coherente. Quiero dejar de ser una cría. No funciona. Quiero dejar de tener la necesidad de otros, quiero poder enfrentarme a las cosas con calma, con la cabeza fría. Quiero quitar el colchón que tengo bajo los pies, y empezar a caminar descalza, sobre las piedras, la arena, sobre lo que tenga debajo. Quiero ser valiente, osada, capaz. Quiero endurecerme. No quiero decir con esto que no agradezca el apoyo, los consejos, el cariño de los que me quieren. Tengo una suerte increíble, yo, porque la gente que me rodea me quiere, y mucho. Jamás diré que no a un amigo que quiere echarme una mano. Es de tontos. Pero me gustaría no tener la necesidad de que me lleven de la mano a todas partes, me gustaría levantarme por la mañana serena y decir vale, tengo que pensar con calma qué es lo que falla, mirarlo con perspectiva, ya se solucionará, no es para tanto, mirarme al espejo y no verme los ojos tan hinchados, tan vacíos, tan tristes. Dormir del tirón sin soñar nada. A veces flaqueo. Me tiemblan los cimientos, qué coño, es un puto terremoto bajo mis pies, que no controlo, que no sé cómo evitar, que igual es inevitable, lo más seguro, y aquí estoy, debajo de una mesa agarrada a las cuatro patas (con cuatro de mis ocho tentáculos), escondida, porque es lo que dicen en las películas que se debe hacer cuando hay temblores.

Tengo firmes propósitos de cambiar. Llevo mucho tiempo queriendo cambiar cosas que lo único que hacen es incordiarme a mí y frustrar a los que intentan acercarse a ayudar. La necesidad de llevar muletas, el dramatismo, la extrapolación de una cosa al resto de mi vida. Quiero trabajar en ello. Me cuesta, no sabes cuánto. No tienes ni idea. Quiero cambiarlo, no me hace bien. De verdad que quiero. Pero querer no siempre es poder. Al menos no inmediatamente.

Quiero gritar pero estoy callada. Me quedo muda. Leo un poema sobre aprender a perder y me lloran hasta las manos. Me dice Lucía, pero habla con no sé quién, a mí me tienes, no estás sola... y gracias a dios que la tengo a ella. Y a todos los demás.

Sólo soy una cría. Una puta cría dócil, doméstica, obediente.