Estoy más tranquila. Aparentemente. El caso es que me gusta cómo ha quedado el díptico o como se llame, oiga. Es otra forma de expresarme. Dicen que no hay mal que por bien no venga. Que no cunda el pánico. Las pastillas sólo son sólo vitaminas, algo para el dolor de cabeza que me acompaña día y noche, y doble valeriana, porque soy una chica nerviosa con malas ideas, ideas exploradoras. El café, largo, frío, en vaso grande, claro. Y lo de llorar... pues eso, que soy una llorona.

En otro orden de cosas, llevo toda la mañana dedicada a la novelita de marras. Los momentos de inspiración me van y me vienen y estoy jugando con un arma de doble filo. Me emociona. Veo que soy capaz, sí. De escribir soy capaz. Eso está bien. Tiene sentido para mí. Lo malo es que también me conmociona, el proceso. Y mucho. De ahí, entre otras cosas, las lágrimas.

Pero está bien así, está bien sentirse vapuleada, de vez en cuando, si salen cosas buenas de ello. Me mantengo a la espera y sigo trabajando en ello. Cruzando los dedos como cuando era pequeña, repitiendo mentalmente un apretado, apretadísimo porfavorporfavorporfavor.