Morirse de ganas no está tan mal. Es decir, tener ganas de algo, aunque no lo puedas disfrutar, no deja de ser un estado optimista, o al menos yo intento verlo así. De modo que, hoy por hoy, me muero de ganas. Sí. Y es frustrante, mucho. Pero tener ganas está bien, desear algo con fuerza, apretando los ojos, cruzando hasta los puños, luchando con todo lo que tengo a mano. Es una lucha en solitario, silenciosa, introspectiva. Leo algunos párrafos de un libro armónico, y anoto mentalmente lo siguiente:

Cuando todo parece estar perdido, cuando todo es confusión en nuestro interior, volver a crear algo fuera de nosotros, volver a crear algo vivo; por ejemplo, un semillero de pinos. El tiempo va pasando lento y doloroso, la prueba es dura, pero al final van surgiendo alineadas, una a una, las plantitas. De esta manera, todo nuestro desorden interior lo hemos traspasado a esa armonía pujante y joven, ordenada, de los pequeños pinos alineados.

Antonio Colinas, Nuevo Tratado de Armonía

Y yo no puedo plantar pinos, pero al menos tengo una maceta pequeña, con muchas margaritas que se traducen para mí en ganas, en mi balcón. Y me resulta muy duro, porque hay que estar pendiente, ser paciente, respetar su crecimiento, verla respirar. Y si quiere crecer crecerá, a mi lado. Y si quiere dejarse morir, sentiré su muerte, me dejará un vacío, seguiré adelante, poco más podré hacer. Eso sí, no voy a dejar nunca de regarla, de meterla en casa cuando el viento se ponga fiero, de sacarla al sol para que se despeje. Y la miro ahora, desde dentro, y la veo feliz, radiante, aunque el sol haya vuelto a esconderse hoy, de nuevo. Aunque me entren ganas de meterla conmigo en casa, muy cerquita, y repartir besos en cada hoja.