Pues va a ser que se acabó. Se acabó lamentarme, se acabó dejar vagar la cabeza por malos pensamientos, se acabó arrastrar los pies (bueno, un poco, al final del día, me lo permito). Se acabó. Estoy harta de ser un alma en pena, de estar todo el puto día pendiente de la tensión en el cuello, los nervios en el estómago, el presagio de lo peor, la falta de aire, el vértigo, la debilidad. Ya está. Lo que tenga que ser será. Para eso estamos. Si no sé qué hacer y realmente no puedo hacer nada, ¿para qué cojones me hago tan pequeña? ¿qué sentido tiene? ¿lo sabes? ¿no? Pues te lo digo yo: ninguno.

Voy a convertirme, ahora, en cinco minutos que tengo libres, en una super-yo, una que no llora cada diez minutos, una que no está pensando siempre cuándo le toca tomarse la próxima valeriana, una que compra una caja de tila pero tranquilamente, sin amarguras. Estoy hecha un puto flan blandengue, así que le pongo remedio. Punto. Voy a disfrutar de lo que tengo, que no es poco. Estoy escribiendo una novela y me gusta cómo va. Va bien, coño, va de puta madre. Voy a escribir, escribir y escribir, centrarme en eso, concentrarme en eso, reconcentrarme en eso. Pero sin obsesiones.

Quiero una vida calmada por dentro. Quiero dejar de ser una histérica tocapelotas. Quiero dejar de estar tan increíblemente agotada (tener menos de tres trabajos sería de gran ayuda). Quiero aprender a tumbarme boca arriba y dejar la mente en blanco. Quiero que me deje de doler la puñetera espalda. Quiero volver a estar tan pletórica como hace una semana (o así). Quiero dejar de ser una niñata pusilánime, cobardica y vulnerable (me repito, todo el día la misma canción, lo sé, lo sé). Y voy a conseguirlo, por mis santos cojones.

Ya está bien, María, leñe.

¡Coño ya!