Entonces veo a alguien que me suena y yo también le sueno a ese alguien, pero no sé de qué, y me doy el capricho de mortadela con aceitunas, con tallarines, porque me gusta que en el paquete ponga tallarin, sin más, sin mariconadas, porque tengo antojo de pasta y por primera vez en mi vida abro la despensa y no hay un mísero macarrón. Y de nuevo la exploradora, con su gorrito y todo, con mapas de mi cabeza, se cuela, me dice ¡eh! ¿a que no habías pensado esto? y se transforma en una conversación de dos líneas que he repetido mil veces y que acaba dejándome el sabor de siempre, el de no has avanzado nada. Y lo siento, porque no sé qué quiero, ni dónde lo quiero, pero algunas cosas sí las sé, y me dan miedo. Y de repente es un jaleo, y la espalda empieza a joderme antes de tiempo (le toca a partir de las siete, no antes) y las piernas me duelen de crecer más de lo que debo, de sumarme años, de restarme pelos, y claro, me pongo a hervir agua, me preguntan qué tal y pienso, joder, pues no lo sé. Y hay demasiada mortadela en el plato, y eso que me he comido la mitad mientras la cortaba a tiritas. O más.

Y camino de la oficina leo "tenemos lo que busca" y pienso, pues ya os vale, ya podíais darmelo, de buen rollo, y de paso decirme qué cojones es, porque llevo tiempo buscando. Y junto al asfalto me resalta una rajita de limón, como puesta queriendo, y le hago una foto, y le hago dos y tres, y me parece absurdo, ahí, a las diez de la mañana, capturando media luna amarilla y cítrica, en mitad de la calle. Y un tío me mira sin comprender nada y acto seguido dejo de comprender yo también, desde bien temprano.

Y me sirvo un vaso grande de trina. Me sabe a naranja. Como debe ser. Y eso es fácil. Y darse un capricho es fácil. Y anoche fui borde con alguien que no se lo merece, o quizás no borde, pero sí me salieron cosas a la defensiva, como protegiéndome de no sé qué y no es justo. Le dije que no me hablara como si yo fuera una amargada insalvable o algo así. Y también tiene demasiado queso, este plato, porque hoy quiero comer mucho, porque me fallan las energías. Y se hace pegotes, el queso, perdiendo todo el sentido. Porque no sé hacer nada si no es a puñados. Y me decían el otro día que mi lenguaje corporal tendía a ser cerrado, los puños apretados, los brazos cruzados, las manos en los bolsillos. Y me acuerdo de Lucía y del mercadillo de las emociones aquel, el que habita en mi cuello, siempre tapado, con la coleta floja. Y pienso, qué bien que el lunes vuelvo con ella, todas las tardes. Y eso me tranquiliza, sólo de pensarlo. Eso, y mi amenaza constante de cortarme el pelo la semana que viene, como si eso fuera la solución a todo.

Y esta mañana he escrito en un folio, esquemas, diálogos, para la novela. Pero ahora vengo aquí y me sale esto. Y todos en un árbol de textos esperando, a que les escriba. Y tengo el grano más grande del mundo al lado de la boca. Y otro yogur de pera más y me pego un tiro. Y me cago en la madre que parió a todas las autoridades competentes, porque el bar de al lado de mi casa donde la máquina de tabaco estaba a precios muy antiguos, ya está dentro del orden, de modo que mis vueltas calculadas expresamente para después del supermercado ir a comprar tabaco, se van a la mierda. Y me quedo mirando dos monedas de dos céntimos en el fondo de mi bolso, que no me ayudan para nada.

Pero subo, con los cigarrillos que me quedan, a ver qué voy a hacer si no, porque ir al cajero no es una opción. Sólo quiero subir, poner el agua, cocinar lo más rápido que pueda, comérmelo en un segundo, soltar aquí todo esto, un desahogo compulsivo, automático, necesario. Aunque en realidad si lo piensas son sólo nervios, y poco tiempo, y ganas de cosas, y no es para tanto. Que estoy escribiendo una novela y eso me hace feliz. Pero me encantaría encontrar esta señal pronto, adelantarme a la puta hormiguita, que siempre la ve antes de que yo pueda girar la cabeza y ataca, ataca donde más me jode, y sus patitas me hacen de todo menos cosquillas. Porque la muy puta sabe leer las instrucciones.