Me encuentro con varios Harukis Murakami, de camino a cualquier sitio. Me los cruzo por la calle. Están por todas partes, no puedes esconderte de ellos. Pasean por la ciudad esperando ver a sus lectores quizás, o recogiendo hojas del suelo, o mirando hacia arriba. Siempre tienen una cámara de fotos colgada al cuello. Son japoneses. Uno de ellos me para.

—Hey.
—¿Qué pasa Haruki?
—Aquí.
—El último tuyo que leí, está feo que te lo diga así, en la calle, pero no sé, creo que me pareció un poco flojito.
—¿El de los carneros?
—Sí.
—Hombre, mujer, tiene cosas, ¿no?
—Sí, tiene cosas, claro. Escribes de puta madre, pero en ése se te ve el plumero.
—Pero Tokio te gustó, ¿no?
—Oh, Tokio Blues, de lo mejor que he leído en mi vida. Aunque no he leído mucho, pero en serio, gracias, es maravilloso.
—El de Kafka está funcionando muy bien, a la gente le gusta.
—Lo tengo esperando en la estantería, con su gato verde.
—Es mi gato verde.
—Bueno, hombre, no te pongas así.
—¿Y por qué no te lo lees ya? Léetelo, ¿no? Venga, va, tía. Hazlo por el tío Haruki.
—Es que estoy leyendo un libro de Baricco que es mágico.
—No sé quién es.
—Te lo paso cuando termine.

Luego le doy dos besos y me mira raro. Sonríe. Me hace una foto. Le hago una foto. Me señala una bici y se pone al lado. Le hago otra foto. Es un tipo muy gracioso, y es tan joven como en la foto que sale en sus libros. Más tarde me encuentro con otro Murakami, pero éste se parece sospechosamente a Yoko Ono. Creo que está cabreado/a por algo. Le doy los buenos días, y sigo mi camino.