No le llores a la fisioterapeuta, me repetía una y otra vez mientras ella, una chica rubia evidentemente positiva, hiperactiva, ultravitaminada y radiante despedía a un chico con tres o cuatro consejos sobre estiramientos para su vértebra rota. Nos sentamos en dos taburetes, uno a cada lado de la camilla.

- ¿Cómo estás?
- Mal.
- Bien contestado.

No le llores a la fisioterapeuta. Que qué hago, mis trabajos, mi vida, enfermedades, alergias, nombre y apellidos, fecha de nacimiento, felicidades atrasadas...

No le llores a la fisioterapeuta.

- Joder, es que dos trabajos es matador.
- Sí, y últimamente se me han juntado algunas cosas y... (no le llores, no le llores, respiiiiira) bueno, los nervios se me suben todos a la espalda y...(aguanta María, coño, no le llores a esta chica rubia tan mona).

Pero repetir el mantra no funciona y le lloro. Me toca el brazo y me dice: venga, tranquila. Y yo me tranquilizo, porque no tengo que desnudarme entera. Me destroza la espalda, es decir, sin contemplaciones, machacando a saco cada nudo (y yo soy un puto cuadro de nudos marineros). Me dice que me va a doler mañana, que si iboprufenos y demás.

No le llores a la fisioterapeuta, otra vez.

Ahora ella me dice que ahí donde la veo, ella tiene una vida tristísima y directamente pasa a relatarme su vida desde hace unos años, que su novio la dejó de la noche a la mañana con planes de boda de por medio, que ese mismo año su padre murió de cáncer, que su madre y su hermana viven ahora con ella, que trabaja de 10 a 9 todos los días, que la empresa es suya y sólo lleva tres años, que luego cocina para una empresa de catering. Que aún así saca tiempo para cuidarse durante una hora, refiriéndose a hacer deporte. Que tengo que hacer deporte, aunque sea poco. Que al lado de mi casa hay una piscina, que vaya antes de ir a la ofi un par de veces por semana, a hacerme unos largos. Lo que no le digo yo es que apenas sé nadar, como mucho avanzo en el agua, que no es lo mismo. Le digo que suena bien y me suena que no, pero también dice que incluye sala de máquinas y pienso que yo a la bici estática sí me siento capaz de darle. Me lo apunto y lo borro a los dos minutos, porque no sé si seré capaz de levantarme más temprano aún para ir a nadar, ni a pedalear, ni a ducharme en baños públicos.

Sigue con la espalda. Veo las estrellas, todas las putas constelaciones. Ella no para de hablar. Eso podría molestarme pero me parece bien, prefiero escucharla a ella que escucharme a mí. Se me congestiona mucho la nariz por estar tanto tiempo boca abajo. Me dice que tengo que cuidarme yo, que aunque tenga un novio maravilloso, al final tengo que cuidarme yo.

No le llores a la fisioterapeuta, y menos boca abajo.

Me pone deberes, un total de tres: que todos los días intente en la cama (y de hecho, lo consiga, cueste lo que cueste) hacer el puente, que estire los brazos hacia atrás con los pulgares hacia arriba cada vez que tenga ocasión, que intente estar siempre con la tripa metida para obligarme a enderezar la columna. Me voy a hacer carteles para ponerlos en la pared de mi cuarto.

Se despide de mí, que la llame cuando necesite, que lo suyo sería volver la semana que viene, que los nudos son muchos y hay que deshacerlos. Y pienso, vale, sí, tú a los nudos de la espalda, yo a los otros, que son casi peores. Me hace un gesto con los dedos, como aumentando su sonrisa, para que sonría y me anime. Sonrío y me compro un durum de cordero y queso, aunque había descongelado unos filetes de merluza. Llamo a mi madre camino de casa con la espalda oliéndome a menta extrafuerte. Y ahora, a currar.