Voy por la estación de Atocha y hago lo que puedo para captar esto. El que se supone que debe ser su padre no me mira con buenos ojos así que tengo que disimular.

Viaje

—Papá, estoy cansado, cógeme.
—No puedo cogerte siempre que me lo pidas, ya eres grande.
—¡No soy grande!
—Sí lo eres.
—Pero estoy cansado.
—Una cosa no quita la otra.
—¿No me coges?
—No. Yo también estoy cansado, hijo. Pero puedes dormir aquí, en la maleta.
—¿Y luego me llevarás dentro de ella?
—Sí, claro. Por qué no.

Y recuerdo cómo de pequeña yo podía dormir en cualquier sitio. Siempre me dejaban las camas plegables, los sofás. A mí me parecía bien. Nunca tuve problemas. Siempre tenía sueño. Dice mi madre que cuando era un bebé se le juntaban los biberones y las tomas, porque me quedaba dormida y no había quien me hiciera comer. Ahora duermo mal hasta en la mejor cama, según el día. La espalda se pelea con todas las superficies en las que se apoya. Incluso cuando tengo tiempo para dormir durante horas, madrugo. Ya no me permito descansar demasiado. No va con el ritmo. No funciona. Aunque sigo teniendo sueño casi a todas horas, pero eso ya no me quita de comer. Recuerdo que los fines de semana me despertaba para irme a la cama de mis padres, por la mañana. Mi madre se levantaba mientras mi padre y yo nos quedábamos durmiendo en aquella cama enorme, aquella cama que me parecía un mundo de grande, hasta bien entrada la mañana. A veces daría un brazo por volver a ser lo que era.