El teatro, de calidad. Y qué vestuario, y qué canciones. Me gustó mucho. Lucía me tocó la espalda en un momento de la función, me dijo "ya falta poco", yo creo que pensaba que me aburría o que me dolía la espalda, pero ni uno ni lo otro. Luego fuimos a un cóctel en el ayuntamiento. El catering era insuperable. Bueno, no exageremos, pero estaba todo muy bien. Rollitos de primavera, sushi, roastbeef, arroz abanda o como se diga, con gambitas y calamares en pequeños recipientes de barro calentitos, zanahorias y demás hortalizas para mojar en salsa de queso, unos taquitos de salmón ahumado muy suave con salsa de soja o qué sé yo, croissants rellenos, tartaletas variadas, canapés con gelatinas, ay, simulacros de caviar. Y tres copitas de tinto, pal cuerpo.

Luego nos volvimos en el autobús, con todo el elenco. Se llevan bien, las relaciones son intensas, la felicidad está en cada asiento, el cachondeo, la euforia, están viviendo un buen momento. Entonces Lucía me dice "bueno, de qué hablamos nosotras entonces" y hablamos de mi novela un poco, y de sus cosas, que dice que a veces piensa que sí y otras veces dice que tres pueblos. Y yo la entiendo, y le cojo la mano y le digo que no. Nos dejan en Sevilla (Madrid) y me voy en metro. Les dejo con las celebraciones y las canciones.

Ahora tengo que bajar a por el cubo, comer temprano, irme a trabajar. Me acaba de llamar la casera, por la deuda aquella, el malentendido de la luz. Ya conozco cifras. Tengo que comprobarlo. Tengo mucho lío de papeles. La cifra es más o menos lo que esperaba. Tengo que hacer divisiones y multiplicaciones. Tengo que comprarme una caja para guardar zapatos debajo de la cama. Tengo, tengo, tengo. Qué coñazo. La protagonista de la novela habla de camisetas que no se ponía hacía mucho tiempo y yo tengo (de nuevo tengo, tengo, tengo) que poner urgentemente una lavadora.