Vengo bajando la calle con cara de post. Me gustaría ver cómo es. Creo que llevo las cejas rotas y la boca medio abierta, como de cosas por decir. Y los puños cerrados. Salgo de la tienda con Lucía y caminamos hasta Cibeles, con varias bolsas de gusanitos y más cosas en diminutivo. Tenía antojo, ella. Y yo, miles de hormigas. Se las voy contando. Las hormigas de lo cotidiano, del trabajo, de las ciudades. Que no sé si volver a encontrarme aquí o directamente desencontrarme, deshacer la trenza, soltar el pelo, que se me caiga a manojos. Lo contrario sería tensarla un poco más, que me tirara en las sienes un poco, que me dejara la cara al descubierto, de una vez, sin flequillos ni mechones que bailen. Este batallón de hormigas (hay varios, atacan por distintos frentes) me habla con las patitas en mi cabeza, sobre irme de Madrid, dejarlo todo, empezar de cero, volver a Sevilla, recuperar mi vida, el tiempo que no tengo, el calor de mi familia, lo fácil. Yo creo que irme sería cobarde. Pero hay días que no veo otra salida. Días. Horas. Qué sé yo. Me dice que hagamos una lista de pros y contras de ambos lugares. Me da pánico pero empezamos con Madrid.

Los pros son fáciles. Me dice que diga uno a bote pronto y le digo que uno claro es ella. La gente. Hay mucha gente aquí que me hace feliz tener cerca. Que me divierte. Que me interesa. Gente a la que quiero. Otro pro clarísimo es que me gusta Madrid, aunque a veces me queme, porque siempre tengo la certeza de que hay más cosas que hacer, más sitios que ver, más calles por las que andar, más música que escuchar. Que voy paseando por mitad de la Castellana y me gusta, la actividad, me gustan los autobuses, me gusta que haya muchísima gente, todos de fuera aunque sean de aquí. Esa misma gente me agobia, me pone de los nervios, los mataría a todos según el día. Madrid tiene algo que me engancha. La odias y al mismo tiempo no puedes irte, día tras día, sigues aquí. Los contras están más claros aún: que es caro, que es duro, que la supervivencia agota, que no tengo tiempo para hacer nada, que las energías flaquean demasiadas veces, que soy intermitente aquí, que la ciudad me apaga muchas veces y al momento me enciende, que estoy cansada de tener dos curros para poder vivir y que ninguno me apasione.

Sevilla tiene varios puntos a favor: calidad de vida, cerveza más barata, tiempo, los míos. Tener a mis padres y mi hermana cerca me haría feliz. Tremendamente feliz. Ver crecer a una perra y acompañar a la otra en su recta final. Comer los domingos con mi abuela. Pasear. La luz de allí. El barrio de Santa Cruz. Oír hablar a la gente. Los contras: que sé que me aburriría, que echaría de menos esto, la gente de aquí, que aquello lo tengo visto y ya no pertenezco, no lo siento mío, y que Madrid tampoco es mío, pero es que aquí no pertenece nadie, es un no parar, es una amalgama de cosas, un batiburrillo, y yo soy un desorden, y por eso encaja aunque haya días, horas, en los que me tiraría por la ventana. Y en Sevilla, me estanco. Me aburro. Seguro. Porque lo veo todo de una pasada, porque sólo tengo que llegar y acordarme de que todo sigue igual. Y me gusta, pero no podría quedarme, no soy yo. No estoy. Ya no.

Entonces le digo que escribir podría escribir en otra parte, en cualquier parte. Porque pienso que escribir es realmente el gran pro de mi vida, ahora, a nivel laboral y a nivel emocional, porque la novelita me escribe a mí, a ratos, soy yo en alto porcentaje, me revuelve y me descifra. Y me dice una gran verdad. Me dice que no. Que yo bebo de esto, que esta novela se escribe aquí o no se escribe. O en Vejer, le digo yo. En Vejer se escribiría de puta madre, esta novela, precisamente. Pues vete, es toda su respuesta. Pero no. No me voy.

Llego a casa, abro mi balcón de par en par. Me da por sonreír.

Me estoy quedando.