Pues ha empezado otra semana, ya ves tú. A la vuelta de la oficina, bajando la calle, una canción que dura exactamente lo que tiene que durar, y que hace que mis caderas suenen a panderetas y batería (juro y perjuro que se oyen panderetas al andar), a un ritmo exacto y calculado, como si me hubieran consultado antes de componerla, como si hubieran medido mis pasos. Y no me fijo en lo que dice pero el tono es el que tiene que ser, un tono de lunes, ni fu ni fa (pero en realidad más bien que mal), de así están las cosas y así sigue todo. Música de mirar hacia delante. Funciona tan bien la canción que cuando acaba aparco la música y enrollo cables, porque es más que suficiente. En la puerta de mi casa hay un coche antiguo con matrícula negra, le hago dos fotos, pienso en mis albóndigas, congelo tres cuartas partes y me como una. Apuro los granos de arroz aplastándolos con el tenedor, como se hace de toda la vida, en mi casa. De postre, yogur de piña para la niña y grandes impulsos de escribir un nuevo y flamante diccionario. Para que nos entendamos.