Llego a trabajar a la tienda. Lucía lleva un vestido precioso.

—Tengo un día de ésos, como los que me decías tú el otro día, en los que crees que tiene que pasar algo emocionante, y que luego te vas a casa y no ha pasado nada.
—Te entiendo, algo como de volverte loca.
—Eso.

Me miro al espejo. Estoy harta de este flequillo, como un felpudo en forma de diadema, enmarcando la cara de tubérculo, de esta melena que siempre va recogida. El pelo pesa. Un coñazo. Y al final no le saco partido ni nada. Me acuerdo de cierta persona que me anima siempre a hacer locuras con el pelo.

—Tía, creo que me lo voy a cortar.
—¿Ahora?
—Pues no lo había pensado, pero sí, ahora.

Y entonces lo hago. Dejo caer larguísimos mechones sobre una caja de cartón.

Funciona. Voy despacio, pasito a pasito, no sea que cometa un error que luego no pueda disimular ni con un gorro puesto todo el santo día.

Luego dejo que Lucía remate la faena.

Dice que sabe lo que quiere pero que no sabe cómo se hace. Da unos pasos hacia atrás, me mira de lejos con las tijeras rojas en una mano. De repente y sin avisar avanza corriendo y empieza a cortar con furia, enajenada. Casi me da miedo. Le digo que confío en su criterio de parar antes de que sea una cagada irreversible. A las dos nos divierte y nos gusta el resultado. Me dice que hay que peinárselo loco, hacemos experimentos, retoca sin parar sobre el corte, barremos cada dos por tres porque esto es un cachondeo, aspiramos toda la tienda y decidimos que sí, que esto ha estado de puta madre.

En la parada de autobús, como colofón, decido exactamente qué canción debe llenar este momento. Elijo Do you realize? de mis amigos los Flaming Lips. Ellos sí que sabe darle euforia a una tontería.

Y el resultado final... ¡Voilá!

New look

:D