Mirando al suelo

Como cuando eres pequeño. Miras al suelo, te miras mucho los pies, al andar. Así lo recuerdo yo. Como si cada paso fuera decisivo, importante, y al mismo tiempo, relajado y trivial. Como cuando no tenías demasiado en qué pensar, cuando todos te hacían caso, muchos te mimaban, te reías a carcajadas sin sentido, lo descubrías todo, tener cosas nuevas a diario, de las que vas cazando, a soplos. Tenerlo claro. Y que andar sólo sea desplazarse en el espacio, hacia delante. Y correr cuando te pita. Y tropezar, llorar un poco, levantarte, que casi rompes el suelo, campeón. Y que te digan que eres mayor y sentir eso como un halago. Para luego crecer, ser mayor de verdad, madurar y ser un adulto o intentarlo, y que de pronto lo que más eches de menos sea ser niño, dar patadas al aire, porque no hay nadie contra quien darlas. Porque no necesitas más que cualquier sitio, cualquier hora, para seguir estando despreocupado, ajeno a lo que se avecina. Pero ser adulto tiene sus cosas buenas, no me olvido. En realidad es lo mismo. Descubrir cosas nuevas, cazándolas al vuelo, aprender, caminar mirando al suelo, o mirando al cielo, que también es bonito, y todo eso de pensar, decidir, desear, preguntarte, responderte, tener miedo, atarte los cordones, sufrir, emocionarte, saltar de alegría con los pies de dentro. Tenerlo claro, aunque sólo sea a veces, cuando sopla el viento a favor.