Saco los restos de espaguetis de ayer y les pongo una lata de atún, unos tomatitos que están a punto de ponerse malos y queso fresco en dados. Lo aliño. Me lo como, aunque al final voy apartando los tomatitos y me sabe mal, como a rancio. Mierda. Creo que voy a hacer como si nada de esto hubiera pasado y me voy a hacer un revuelto. De jamón serrano.

La novela da rodeos, amaga, dice "oye ¡mira esto!", y luego se arrepiente, porque tiene razón, no puede estar tan predispuesta. Tiene que ser de sopetón e incluso a regañadientes. Y digo yo que nadie se entera de nada de esto, bueno sí, alguien sí, pero la cuestión es que va a ser arrollador, sea ahora o sea más tarde, sin arena, ni pies de por medio. Y eso me fascina. Sólo de pensarlo. Eso, y una de sardinas frescas, claro.

El corte de pelo, bien, gracias. Hice la prueba de fuego: lavarme la cabeza y no secarme, ni peinarme, ni mirarme siquiera. El resultado fue empate a uno. Creo que si no me peino un poco parece que tengo libélulas enredadas, o paja fina, vamos, como si hubiera metido los dedos en un enchufe, y claro, eso no mola. Pero vamos, que está bien, porque se me despeja la cara, el cuello, la nuca. Y me sienta bien, tener todo eso al descubierto. Y no me refiero a la estética, ahora, aunque también, qué cojones.

Y hoy, en el metro camino de la oficina, hice la foto que llevo semanas queriendo hacer (se repite todos los días, de lunes a viernes, a la misma hora, en el mismo vagón). Aquí están. Ellas. La representación del lunes.

Lunes

Por fin.