Mierda. He cogido frío esta noche. La cortina volaba hacia fuera y se oía como barrer, pero era el roce de la tela con mis margaritas secas. Porque están secas. Pero siguen siendo mis margaritas. Me dijeron que las transplantara, a otra maceta más grande, pero soy un desastre. Al despertarme me pica la garganta (mierda, esto ya me lo conozco) y me duele un poco el oído. No puedo ponerme mala ahora. Jo. He tardado demasiado en ponerme la colcha por encima. Sólo llevaba la sábana verde, casi atada al cuello. Estaba profundamente dormida, como si no fuera conmigo, el resfriado, la cortina, el viento. No sería la primera vez que me pongo mala malísima en Vejer. Espero que se me pase antes del sábado. Voy a ver si reúno nombres raros como frenadol o iboprufeno. A ver si me engaño. Porque esto es de tontos. Al final, paracetamol. Siempre se me olvida para qué sirve qué. Lo miro en internet porque es muy temprano para llamar a mi madre. Aunque conociéndola estará ahora en la cocina, repartiendo tostadas con mantequilla, para ella y las dos perras, con esa bata que me dan ganas de abrazar, del color de mis sábanas, con las mangas cortas. Mi consuelo, que los palos de ciego son sabios, o eso dicen, y que la piñata se tambalea, y está acojonada, porque aunque me dé fiebre (por dios, espero que no), pienso atizarla con todo lo que tengo a mano.