Creo que tengo fiebre. Hago un amago de maleta, velocidad de tortuga on, destiendo lavadora, todo encima de la cama, lo bueno, lo malo, lo sucio, lo limpio, lo que me llevo y lo que no. Cada dos minutos me tengo que sentar. Pongo una lavadora, braguitas, caletines, camisetas, un pantalón. Miro una y otra vez la lista de cosas que hice, la de cosas que tengo que meter. Me gusta el apartado que dice "cosas con cables". Al final, allí, no te pones más que una camiseta y un vaquero, dos bikinis, casi nada más. Trajecitos, de los que me gustan a mí, todos los días, fresquitos. Me llevo cuadernos, en plural. Y muchas cosas de escribir. Rotuladores. Tengo que hacer mapas de tramas, ramificaciones, vomitadas a lo bruto, pero con colores. No sé si meter bata o robársela a mi madre. Una vez no metí y ella me dijo que me dejaba sus mañanitas o algo así. Es estupendo que se llamen así. Mañanitas. Las mañanitas rosas. No sé cuántos angileptoles puedo tomarme al día. Llevo un frenadol en el cuerpo y la cara dormida, el gesto cerrado, la boca abierta. La puta congestión, que me pone una cara de imbécil que me da risa. Ay. Estoy malita. La penita ahí sigue. Pero es natural. La voy a echar mucho de menos. Anoche Lucía volvió a retocarme el pelo y cada vez lo tengo más corto, claro. Pero me gusta mi nuca. Y ahora que lo pienso, necesito unas zapatillas, para las cuestas, con suelas adherentes.