Vía 7. Coche 7. Asiento 7A. Ventanilla. Tres sietes. Pienso en el azar justo cuando me doy cuenta de que es mejor poner la maleta al otro lado del vagón. Una chica dicharachera y redicha (qué sonoridad, cuánta che) habla acelerada por el móvil. gesticula exageradamente, como si alguien pudiera verla. Yo, por el contrario, decelero. El tren que tengo al lado se mueve, o quizás nos movemos nosotros. No, es el de al lado. Y se va vacío, sin pasajeros. Veo marcharse la P de preferente y la T de turista.

Han cambiado los trenes. Los colores del interior son de café y vainilla. Se te indica amablemente qué asiento es ventanilla y cuál es pasillo. Eso está bien, reconforta. Evita confusiones. Limita. Justo lo que necesito yo, límites, barreras, contención. Porque aunque mis movimientos sean pausados voy a muchas revoluciones por minuto. Revoluciones. No sé cuántas son muchas, cuántas significa rápido. Tampoco entiendo de fuerzas centrífugas ni centrípetas, con lo que me gusta esa palabra.

Escribir, eso puedo hacerlo, sin parar, mientras el tren se mueve, hasta que me duelan las manos y se me cansen los ojos. Retuerzo el mechón de pelo largo, el de darle vueltas a las cosas. Pero en el fondo, estoy tranquila. Confío. A pesar de la cantidad de hormigas recorriendo mi cabeza. No pican. Las tengo medianamente bajo control. Será que estoy de vacaciones. Y de rebajas.

En el tren dicen que van a proyectar "Mi super exnovia", con Uma Thurman. Me apetece, para distraerme. Cuando empieza me doy cuenta de que se han confundido de título. Ésta es una de un entrenador de baloncesto y un equipo de negros cuando todavía los negros no juagaban. No está mal. Salen frases puñetazo del tipo "If you quit today you'll quit every single day of your life". La ponían en versión original, y yo no leía los subtítulos ni de coña, pero era fácil de entender. Conceptos universales, de nuevo. Lo de superarse y luchar por lo que quieres. Y grandes dosis de baloncesto chachi.

Me gustan esas estaciones pequeñas, abandonadas, en mitad de la nada, que alguna vez tuvo nombre de pueblo, o qué sé yo, con relojes grandes que se pararon hace mucho tiempo. Veo verdes y amarillos y pienso en Vejer, en el mar, en la arena, en el calor, el horizonte y toda la pesca. Y esta vez me invade una tristeza enorme, y me asalta una puñetera lágrima impertinente.

Los que viajan acompañados no tienen prisa por bajar. Yo viajo sola, desde siempre, y estoy casi quince minutos antes de la llegada a Sevilla (o a donde sea) en la puerta, abrazada a mi maleta, mirando por la ventana redonda de la puerta si he acertado con el lado por el que bajar. A mi lado, más gente sola. Las parejas permanecen en los asientos, tranquilas, mirándose a los ojos y sin prisa por llegar, porque ya están donde quieren estar. Dándose besos entre los huecos de los reposacabezas.

Mis padres y yo nos cruzamos, en la estación. No me ven, o no me reconocen, o es que yo voy casi con los ojos cerrados, después de una siesta tontísima de veinte minutos que me ha dejado hecha un asco, antes de que llegara el tren. Nada más verles aparecer, ella con su camisa color fresa y esos bracitos cruzados, morenita ya; y él con su camisa de manga corta por fuera del pantalón, y su clásica cojera; comprendo que sí. Y lo veo clarísimo.