No, eso lo soñé la otra noche, era una vieja amiga, que me llamaba y me decía que estaba embarazada y que era mío, y a mí me parecía lógico, aunque no tuviera cómo hacerlo (no tengo pito hasta el momento, que yo sepa) y hubieran pasado unos diez años. El niño era mío y de repente quise que lo tuviéramos, y volvimos a vernos y nos enrollamos. Pero eso fue la otra noche. Hoy era una mezcla de lo que pasaba antes de dormir con recuerdos de colegio y canciones.

Me iba con uno de los australianos a una maratón caminada, con el más callado, el de los pantalones pitillo y camisa remangada, con esos ojos azules grandes y esa cara de pájaro, tímido. El evento deportivo era por equipos, teníamos que permanecer unidos y recoger pelotas deshinchadas de distintos colores. Él y yo íbamos contentos porque también teníamos varios de esos huevos de plástico rellenos de arroz, con los que estuvieron acompañando a las Ukeladies anoche en el bar (en la realidad, me refiero). Qué buen invento. Ya ves, huevos rellenos de arroz. Y nos perdíamos del resto y nos volvían a encontrar. Y luego me encontré con más de los de la banda de rock, con el que cantaba tan grave y tan bonito, como metido dentro de una tinaja profunda, y con el otro, al que llamamos Borat pero que a quien de verdad se parece es al tío aquel que cantaba Wicked Game y que ahora no consigo acordarme del nombre (sólo me sale Rick Ashley, pero nada que ver). Pero no estaban las rubias, ni la fauna autóctona que se reunió anoche en torno a los ukeleles, ni los solos de trompetilla, ni las palmas a descompás de Simón, ni los bailes ridículos, ni las chirigotas a altas horas, ni los pañuelos, ni las miradas cómplices de mi padre desde el fondo.

De nuevo en el sueño, el tímido y yo vimos también a una compañera de la tienda (hola Sita, si lees esto no te asustes), que tocaba el piano y la guitarra casi al mismo tiempo. Y empezó a cantar y empezó con una de Sigur Ros, y yo me la sabía, claro, porque esa canción es mía. Y tanto. Y toda la noche al final la pasé cantando, acordándome de cosas, porque mira que las canciones vienen cargadas siempre, de cosas que llenan de esbozos las sábanas. Y entonces he pasado de la maratón, del rock australiano, de las pelotas y los huevos, y he estado oyendo esas palabras tan extrañas pero tan cercanas, que me cantan y me dibujan cosas por dentro, hasta que la perra me ha despertado llorando con muchas úes, o como se diga. Así: ¡uuuuuuuuuuu!, desde el patio, con las orejitas vueltas por el levante.