Te habla la voz de la berenjena. La berenjena malvada. Te susurra para que lloriquees desde primera hora. Berenjena tonta, berenjena mala. Te mete malas ideas, ideas raras, ideas muy verdes, de verdura, claro. Ideas lógicas en realidad, que encajan, para que se te tambaleen las decisiones, de manera difusa, sin ninguna dirección concreta. La voz de la berenjena te dice que tienes miedo, que no eres capaz, que no vas a saber, ¿cómo vas a saber, tú, aspirante a tubérculo? Que eres una niña, sostiene la berenjena, con su pequeño gorrito verde, insolente. Que necesitas que te salven. Pero es la voz de una hortaliza, sólo eso. Ella no sabe. No puede saberlo. Y yo me voy a hacer un pisto, siguiendo un consejo que me ha dado una bonita zanahoria aliñada. La berenjena, la cebolla, el pimiento, la patata. A tomar por culo con todas ellas. Dejo el azadón y recolecto, sin pensar. Lo meto en un saco, sin fondo. Yo lo que quiero es borrarme con una goma milan de nata, de las cuadradas, hasta que se quede redonda de tanto soltar virutas. Y de repente me acuerdo de que yo también soy huerto. Y que tengo que dejar de tomarme en serio. Gracias, zanahoria, guapa. Quedan pocas verduras como tú. Una o dos, a lo sumo. Ya sabes de lo que hablo.