Se coge un melocotón grande, grandísimo. Se pela (si se quiere, a mí me gusta la piel) y se trocea. Se abren dos yogures de frutas, de los de trocitos. Uno de manzana y uno de pera, en este caso. Se mezcla bien. Que no quede un trozo de melocotón seco. Y se pone uno mano a mano con los trozos, los de verdad y los de mentira, al ritmo que se prefiera, según las necesidades y las capacidades, como todo en esta vida, hasta que se acaba el cuenco. Porque todo esto va en un cuenco muy bonito, de circulitos de colores. Si la cuchara no es suficiente para recoger todo el yogur sobrante, se admiten dedos como herramienta, a pesar de ser una guarrada, pero eso sí, se realiza la operación con elegancia, como si fuera Lauren Bacall o alguien así, en blanco y negro. Y después de esto, pensar que has aprovechado bien la mañana, que se te empiezan a pelar los hombros pero que has estado transcribiendo (transcribir es vivir), colgando fotos compulsivamente, oyendo a la de los moñitos y rezando porque esta noche toque las menos posibles del Volta, que bien podría llamarse Pota, porque es más malo que un dolor. O al menos de momento, que luego, nunca se sabe. Y por lo demás, sobre aquello de los altibajos, ayer fue bajo, bajísimo, casi subterráneo y desde esta mañana, meseta. Sólo me queda decir que al menos estoy comiendo sano y limpito. Empecemos por ahí, por ejemplo, a sanear. Que por algún sitio hay que empezar.