Tengo los labios quemados. Odio los aires acondicionados de las oficinas (la nuestra parece más oficina desde que se te congelan los pezones). Y los ventiladores por la noche. A pesar de que haga calor, acabo teniendo frío. Si le doy para que se mueva como diciendo que no, hace que tiemble el marco de aquel póster, cada diez segundos aproximadamente. El de las naves espaciales y los dragones, el de la cara como a lápiz. Y el ruido es molesto. Tacatacataca. Si lo dejo quieto, para que apunte siempre a mi tripa (por ser el epicentro de mi cuerpo hecho un ovillo), me acabo tapando con esas sábanas verdes como de enfermera, fresquitas. Me gusta dormir con sábanas fresquitas. Pero el frío se hace más grande y la colcha está lejos. Entonces quito el ventilador, cierro la ventana, y vuelvo al ovillo, al epicentro. Y estoy ahí. (in)Quieta. Y me quedo dormida sin pensármelo dos veces. Y el sábado, salgo por la noche, con Lucía. Sí o sí. Llueva o truene. Aunque no tengamos un duro. Lo necesitamos las dos. Quizás croquetas de bacalao sea una buena opción. Quizás pueda darle uso a todas esas botellas de alcohol de mi cesta de navidad. Anoche vi un montón de amasijos de hierro y cables y armas de fuego que se peleaban entre sí. Y estaba bien, era emocionante, aunque ya no sabía dónde estaban los buenos y dónde estaban los malos. Eso pasa mucho. Y me dormí pensando en hacer un curso de diseño gráfico. Para controlar más programas. Por si acaso. Porque estaría bien, saber más cosas, digo yo. Aunque no tengo ni dinero ni tiempo. Y tengo que hablar, o mejor dicho, quiero hablar en algún momento del concierto de la de los moñitos, aunque no llevara moñitos, de los encuentros con ídolos al final del mismo, colgar alguna foto, establecer paralelismos electroespirituales, qué sé yo. El caso es que se me ha ido media mañana, bueno no, no se ha ido, aquí ha estado, todo el tiempo. De puta madre. Y quiero otro café, antes de bajar a por el cubo de la basura. El segundo cubo del día.