Pues no está mal la última de Harry Potter, sobre todo teniendo en cuenta que el libro en el que se basa es bastante coñazo, aunque de repente Voldemort ya no me da miedo. Me tomo un café, me fumo dos cigarrillos, y bajo a por dos botellas (una de leche, una de vino para esta noche) en un ratito. Hoy entro a currar antes. Comeré temprano y a la hora de la merienda que nunca hago querré comerme la grapadora. Lo sé. Ayer mis compañeros de turno y yo jugamos al escondite. Sin hacer trampas. Lo bueno del calor (que no es mucho estos días, si te fijas) es que tiendes una lavadora y a los diez minutos ya la tienes lista. No sé qué voy a ponerme esta noche. Sí sé lo que voy a ponerme el lunes por la noche. Lo sé desde hace días. Y me estoy despellejando entera. La hija de mis vecinos acaba de hacer un ruido como de pájaro que está harto de vivir. Luego ha gritado, muy agudo, muy molesto. Ahora es cuando empiezan los golpes, los muebles que se caen o se tiran y todo ese certamen de músicas del infierno. A veces me pregunto qué pasará allí dentro. No puedo alargar mucho la mañana. Se me acaba en dos horas, a lo sumo. Anoche descubrí que me falla la memoria culinaria. Y que Mario recuerda las cuatro o cinco primeras cenas y comidas que hicimos juntos, hace siete años. Y ayer, también, hice lo que no hacía en muchísimo tiempo. Me comí un menú del burgerking. Y las patatas siguen siendo ese vago recuerdo a patata. Y las hamburguesas saben bastante a aire y se van como eso, en un suspiro. Me pregunto si no estaré escribiendo lo mismo una y otra vez.