A ver, pues estaba la historia esa del biquini de chica Bond, y el hablar de tetas o de teatro, y los sandwiches de aceitunas negras arrugadas (como las de Sicilia, dicen), y las piscinas públicas, y mis vergüenzas, y los dos platos de espaguetis al pesto, y lo de vestirnos de estridentes y pasear contentas, y los bodegones, y el ventilador bajo, y lo de masticar como Bette Davis, y lo de cogernos de las manos para dormir como dos tontas, y lo de no engañarnos a nosotras mismas, y lo del vestido de la Monroe, y las películas de los domingos, y la hierba de día, y los mapas esos de las mismas calles de siempre, y la media verónica, y tirarme en su suelo a hacerme fotos, y aquello de que el negro y el azul se matan, y las expresidiarias sobre la puerta del baño, y las tostadas con tomate y queso, y la predominancia de los cálidos, y lo de convertirse en vampira, y la radio puesta, con ese flujo constante, perpetuo, de la calle a nuestro paso, y la familia de patitos, y comprar revistas a contrarreloj, y la música enlatada, y dormir una siesta con despertador, y las revelaciones, y lo de hacer que llamas a un taxi que es una limusina repollo, y los reportajes multimedia con cámaras ocultas, y lo de que ella duerme igualito que un duende feliz, y lo de que el vino era bueno y eso es fundamental, y bailar con el moñitos, y también aquello de machacar piñones y con ellos los malos rollos, y lo de ir o no ir a las bodas, y por supuesto, el noble arte de combinar cuadros, lunares y flores.