Salvar y que me salven. Vivir. Lo primero es una cosa a la que tiendo. No está bien. Nadie va a salvarme. Puedo tener apoyos, en mayor o menor grado, pero nadie está aquí para salvarme. Estoy yo y mi reflejo en los demás. Estoy yo y todos los que me rodean, los que me quieren como me quieren, de distintas formas, a distintos niveles, con más o menos intensidad. Pero ninguna de esas personas va a salvarme. Nadie está aquí para eso. Y tampoco soy yo responsable de la salvación de nadie. Estamos para convivir. Y de ahí el segundo punto. Me toca vivir toda la vida. No es de perogrullo esa frase, aunque lo parezca. Quiero vivir. Quiero vivir lo bueno, el amor, lo que se avecina, seguir viviéndolo con vehemencia, viva, valga la redundancia, con violencia a veces, sin control incluso. Y también quiero, de corazón, vivir lo malo. Los problemas que vienen ligados a cualquier tipo de relación humana, que no son pocos, incluyendo aquí los problemas con uno mismo, el conflicto, la sensación de soledad, las necesidades. Y claro que tengo miedo, y claro que me confundo, me mareo y me inundan las dudas. Porque es jodido, esto de vivir, esto de las personas. Hay que ser valiente. Pero quiero hacerlo. Es un deseo irrefrenable, una decisión en firme. Aquí estoy. Y de repente cortan la luz en mi manzana durante media hora, vienen los bomberos y me aburro de mirar como van de aquí para allá subiendo y bajando del inframundo, así que decido escuchar música. Y paso canciones hasta que una me hace parar. Y la oigo. Y dice cosas que me escriben a mí, en voz baja. Y me pongo a vivir, con suavidad, dispuesta a escucharme.