El taxista de anoche era un poco violento, conduciendo. Tuve miedo. Llegado un punto, se volvió y me preguntó "¿ya estás cerrando?", a lo que yo le contesté "sí, ya cierro". Fue muy fácil responder. Fumé por la ventanilla imitándole y el humo no se mantenía quieto. El coche iba tan rápido que fabricaba vientos, como loco. Al llegar a casa, los mismos hombres durmiendo en la plaza, ningún cadáver de cucaracha en la entrada y la llave de arriba sin echar.