El verano en Madrid se traduce a sudar por la noche, sudar por la mañana, tener las energías bajo mínimos la mayor parte del día, apenas poder respirar dentro de mi habitación, pasar del infierno a los aires acondicionados más intensos, pensar en que si yo lo paso mal mi familia en Sevilla tiene que estar flipando, trabajar, aprovechar que la ciudad está vacía para caminar más tranquila, quejarme un poco de los que se van ahora de vacaciones, ir mucho al cine, acumular borradores, sentarme en las terrazas a beber cervecita con los pies en alto por temor a las cucarachas, llevar siempre faldas y vestidos, tener pereza de todo, perder el moreno que conseguí hace un mes, convertirme en siamesa del ventilador y llevarlo conmigo como si fuera un suero, quejarme un poco más, acordarme de cuando tenía tres meses de vacaciones, acordarme de mis veranos en Cantabria donde usaba jersey por la noche e incluso impermeable, dormir con todo abierto, despertarme en mitad de la noche hecha una sopita, y aprovechar cualquier invitación a piscina que me hagan.