Seguir la línea de puntos, haciendo líneas de nuevo, que son rectas y cortas, que forman esquemas como de adn, seguirlas con las gafas puestas, las oscuras, las de espejo, para no ver más allá, para que sean los demás los que se vean. Hilvanar ideas, pincharme con la aguja, coserlas una con otra, y que tan pronto me parezcan sensatas y efectivas como la más grande estupidez. Cerrar, cerrarlo todo al salir, para guardar la calma, cerrarlo para encontrar la cueva fría al volver, cerrar, sí, qué remedio. Comprenderlo. Apoyar. Respirar.

Llenar mi cabeza de arroz, mecerla y que suene a maracas, o a huevos de plástico rellenos como los de aquella vez. Mecerme, mecerla a ella es automático. Contenerme, porque contenerla a ella es imposible. Sentir, sentir mucho. Ojalá hubiera una vacuna, a veces. Sentir de "lo siento" y sentir también de llevarlo clavado dentro, inmune, infinito. Tener deberes, derechos, privilegios. Atarme todo lo corta que puedo. Acurrucarme concéntrica, concentrarme en la nada. Escuchar el más pesado de los silencios. Y empezar a callar yo, qué remedio. Saber. Respirar. Aprender.

Subir. Bajar, qué remedio. Querer demasiado, demasiadas cosas, demasiado tiempo. Esperar, lo justo. Moverme, lo imprescindible, columpiarme a veces y tener vértigo. Trivializar como quien allana el terreno, para más tarde tronar, tormentas dentro de una canica. Ponerme roja y ponerme verde, como un semáforo con y sin vergüenza. Inventar. Fluir a tiempo parcial. Estar predispuesta a la vida, que parece el mejor remedio. Sobresaltarme, autocastigarme, mirar hacia atrás y mirar hacia delante, en intervalos de segundo y medio. Respirar. Sopesarlo. Cansarme.

Y al final, almacenar, qué remedio.