Pues he pedido la mañana libre, la mañana de mañana, porque realmente no doy para más. En la ofi pueden avanzar sin mí un día, y yo necesito calma, horizontalidad, sueño. Lo malo es que últimamente no se me da bien. Lo de dormir. Lo de la calma. Mi espalda está tan cargada y tan tensa que tengo miedo. Me levanto todos los días como si me hubieran dado una paliza. Prometo que no me voy a poner el despertador. Me voy a acostar temprano. Voy a estar acurrucada todo el tiempo posible. Como mucho, mañana, doblaré por partes la montaña de ropa que he destendido hoy y que no ha habido cojones de colocar en los cajones. Eso, y desayunar, cuando mi cuerpo quiera. O mejor obligarle, que se pone muy tonto por las mañanas. Me gustaría borrarme la cara (porque mira que estoy horrorosa, estos días, cristo bendito). Caminar en cámara rápida. Pensar en cámara lenta. O incluso en pausa, un ratito. Quizá tenga razón mi madre (quizá no, qué coño, seguro), y debería canalizar esas cosas de la lista negra, aceptarlas, llegar a un término medio. Yo quiero recogerme las fuerzas (que se me deben haber caído por algún lado) como quien se recoge unas enaguas, hacerlas un paquetito y dedicarlas a lo que yo me sé, en cuanto esté preparada. Ganas no me faltan.