Pues eso, despacito, con paso lento pero firme. No hay prisa. Y las letras blancas, claras, como cuando oigo reír, sobre fondo verde, re-verde. Como debe ser. Ahí voy, sin centrarme demasiado en la euforia, que no soy de fiar, pero caminando tranquila, sin agobios. Sin nada más que mis pies. Con el eco de los zapatos ajenos, que siempre ayuda. No me voy a París, ni a Londres, ni a Santiago de Chile. Me voy conmigo, a donde se tercie. Sin prisas.