El terremoto esta mañana, acompañado de los gritos de los vecinos, me ha despertado. Lo que he sentido es fácil. Y lo fácil ya no me da pena. Mi puerta cerrada se ha movido como si hubiera alguien muy grande queriendo entrar a toda costa. Al principio me han entrado ganas de decir "ya vaaaa", pero luego he pensado que yo lo que quería era seguir durmiendo. Desde la cama he mirado como la madera y la pared eran zarandeadas y me ha parecido increíblemente relajante. Me he quedado tranquila, casi aliviada, con los ojos medio abiertos y sin ver nada nítido realmente (anoche me tuve que quitar las lentillas y sin ellas ni las gafas soy un topo), esperando a que pasara, para seguir durmiendo. Me ha mecido, con cierta violencia, claro, y me he alegrado de que todo se moviera así, conmigo dentro. De que la tierra baile y yo esté invitada. Y he seguido durmiendo, cuando ha parado, profundamente. Normalmente odio levantarme a mediodía, porque me jode perder la mañana. Pero hacía mucho tiempo que no conseguía levantarme tarde, dado que mi cabeza siempre me gritaba antes para que me pusiera en pie. Y he mirado el reloj y he visto que eran casi las dos y me he dicho, coño, qué bien. Y en esas estamos, en las de, coño, qué bien, va a ser que me gustan los terremotos.