Pongo a hervir agua para una maravillosa receta de pasta al pesto (ay, qué bonito, qué bonito, pasta al pesto, qué bien suena, como a platillos de una batería bien tocada, pppasssttta pppesssttto), y al ver que no hierve por más tiempo que espero, me digo que algo raro está pasando. Y claro que está pasando. Me he quedado sin butano. Mierdadevida. Sandwich al canto cuando por fin me sentía con ganas de cocinar. A la mierda el revuelto de setas y ajetes que me iba a hacer para la cena. La salsa al pesto caducará y no será pesto sino peste. Las setas se convertirán en casas de pitufos y yo me cagaré en la madre que paríó al butanero, para luego llamarle y decirle que es mi primera vez, que sea bueno, que me traiga dos ya que está, que las suba, que se lleve las vacías, que cuánto es. Este incidente me turba sólo un poco, porque a otros les salen bichos en el arroz, y me entra la risa, porque me tiro todo el domingo en camiseta que es exactamente lo que quiero hacer, porque me ducho a última hora y mi desodorante con sabor a aloe vera me inspira. Sí, me inspira. Y era tan fácil como eso. Ducharse, no desesperar, oír canciones como la de antes, oírlas todas, darle la vuelta a la tortilla, y si no se puede hacer tortilla por falta de fuego, ponerse a inventar. Así que, sin pensarlo mucho, sin rituales iniciáticos, sin ponerme trampas, abro el documento en cuestión, el que tiene forma de árbol de historias, y escribo. Y todo gracias al aloe vera y a un bote de pesto. Bueno, todo no, yo me entiendo. Pero es todo tan verde, que te quiero verde, que me voy a hacer una ensalada enorme para la cena.