Que venían temprano por esta zona, me dijeron. Mentirosos. Cerca de la una de la tarde ha llegado el butano. Suena el telefonillo pero al descolgarlo no tengo respuesta. Oigo desde la calle "¡¡Butanooooooo!!" como en las pelis. Dicen que mi casa se presta a gritarme desde la calle. Suben dos bombonas para mí y otras dos para los bolivianos. El tío, que bien podría ser croata, por el acento, sube las escaleras con la bombona en la espalda, a una velocidad imposible. Lleva un gorrito un poco ridículo. Dos para ti, dos para ti, dice. Luego le pregunto que si me la pone él.

-¿No sabes?
-Bueno, no estoy segura.
-Yo enseño, tú aprendas para otra. Esto quitas, cuchillo, es precinto. Luego esto sube, ¿ves? Y lo bajas, así, y hace así, ¡tilic! Esto es importante. Si no hace tilic no está bien.
-Vale, creo que lo he entendido.
-Tilic, bueno. Sin tilic, malo. 25 euros, tienes que darme.

Y se los doy, claro. Y las gracias, también. Así que no he ido a la ofi en toda la mañana, y en lugar de eso, han caído mil palabritas. Y varios tilics, de los de otra índole. Y mañana me voy a Granada, con ganas de todo y de nada al mismo tiempo. Hasta el sábado. Mi anfitriona me informa cada diez minutos de que ha comprado una botella de alcohol. Ay, madre. Miedo me da. Que me quiere emborrachar, la tía. Pero me voy con ganas, muchas, que es lo importante. Y nos va a venir de puta madre, a las dos. Sí o sí.