Eso decía la canción, creo. Y ahí voy, en un tren que tarda muchas horas, con una maleta que no llega ni a maleta, porque me concentro en no meter más de lo imprescindible, con muchas ganas de estar y ser y no padecer nada más que lo bueno. Cañas y tapas, me repite mi amiga. Y yo no sé si llevarme mi bandeja de arreglos frescos para revuelto, que se me va a poner mala. Y ayer vi a mi hermano y cada vez que lo veo está más guapo, pero se lo digo poco. Y conocí a una niña de dos años que se llamaba Daniela, como mi jefa. Su padre le hablaba en francés. Ella corría en círculos alrededor de las mesas, acelerando en las curvas y aminorando en las rectas. Cenamos en un sitio de Chueca que ni fu ni fa. A Pelayo se le transparentaban (qué coño, se le veían) como siempre las cosas a través de su oreja perforada. Me gusta Pelayo. Me gusta mi hermano. Me gusta estar preparándome ahora mismo, para irme tres días a Granada.