En el tren, veo búhos cabreados y cableados de alta tensión. Olivos sobre círculos concéntricos y gigantes de piedra. Cometo un error, me duermo, me como el sandwich y veo una película muy mala. También escribo. A veces pienso que se escribe solo. Hay campos azules, oigo en mi cabeza esa canción de Björk. El paisaje es igualito al de las fotos de los libros del colegio, con las lomas llenas de árboles pequeños, que son en realidad cabezas africanas, con hileras de moñitos infinitos. Llego y nos cruzamos. A ambas nos sorprende el corte de pelo de la otra. Pero todo lo demás, es familiar. Ya verás, me dice una y otra vez. Y yo ya veo, ya, niña, en presente.

Amanece y hay un pueblo arriba, dentro de la ciudad. Granada es una matriuska. La niebla es arañona. Fumamos en el coche. Excursión relámpago al humilladero. Música a rayas. Y luego estaba aquello otro. Había peluches en peceras y también la pecera en grande, y aquel juego de las sillas que me hizo reír. Hago fotos de familia. Porque aterricé el Granada, eso lo recuerdo bien. Cómo acabé en la feria de Málaga es algo que no sé. Y Orson Welles vive por aquí cerca, comparte piso con Pablo Carbonel, y acostumbra a dormir en el césped rodeado de latas y colillas. Y es igual a las películas, incluso cuando tiene los ojos rojos. Y me parece bien, que exista, que sea, para quien tiene que ser y lo que tiene que ser. Sin dobleces. Amanece volviendo y amanezco yo tres veces: junto a una fuente, en la carretera, en una cama pequeña a la que se le revolucionan las sábanas. Y vuelvo a tener cuatro años, durante cinco segundos, justo antes de dormir.

La mañana de resaca se convierte en tarde de sandwich y libros. Y envidio esta mesa, esta calle, el cristal del escaparate por el que no dejo de observar. Y la gente. Y se alquila el piso de arriba, oye, y qué planazo tener esto, la mesa, los libros con espejos entremedias, por si te quieres probar uno y ver cómo te queda puesto.