La leche estaba caducada anoche y también lo estaba esta mañana. Así que no bebo café, sino agua, sin nada más. Me como una loncha de queso emmental, me hago un anillo que dura medio segundo, con uno de sus agujeros. Pienso en borrador, de nuevo. Me cierro la boca, un rato. Estaría bien ordenar estanterías, hacer sitio. El libro que tengo en la cama está casi terminado. Me pregunto por qué tengo tantas cosas. Necesito una aspiradora. Aquí barrer ha dejado de funcionar. Recibo un eco de chiste en el móvil. Echo de menos estar allí. En la casa de las pinzas y las bolsas. Anoche un coche se comió una esquina entera de mi plaza triangular. Lo vi en directo. Oigo a Los Planetas compulsivamente. Me dicen cosas, lo sé, no está en mi cabeza. Con las seis uñas que tengo largas (seis de diez, no está mal, pero antes de ayer eran ocho, y todo es mejorable) me rasco violentamente, para luego arrepentirme y congratularme, al mismo tiempo. Y los cereales (sin leche) tientan, pero no convencen. Tengo hambre. De ese tipo.