Después de cinco horas de siesta y dormir anoche del tirón hasta no me acuerdo cuándo, creo que me va a ser difícil acabar el domingo. Intento concentrarme en el libro, funciona un rato, pero se me va el reojo hacia otro lado. Tengo que cerrar la puerta del balcón porque el viento se ha vuelto frío y quisquilloso. Oigo ruidos. Intento ser persuasiva conmigo misma, convencerme, con pequeños saltitos mentales, de que voy a poder dormir. El viento sigue sonando, contra el cristal. La persiana vieja, que está enrollada torpemente desde que llegué a esta casa, medio rota, tremendamente sucia, se balancea. Cuando choca contra la puerta suena como si diera pasos humanos. Muchas veces temo que se desenrolle sola y salgan de ella miles de bichos desconocidos. He mordido más uñas y ya sólo quedan vivas dos de diez. Me doy cuenta de que no he cenado aún y de que tengo un poema en la garganta desde hace semanas. Sopeso los pros y los contras de las energías renovables y sus emplazamientos. Escribo un poco sobre huevos fritos con patatas y paisajes infinitos. Me vuelvo al libro y así sigo, en este bucle de reojos, persianas, temores y viento.