Ayer me compré otro libro (y van...), volví a querer enmarcar algo que leí en el que tengo ahora junto a la cama, estuve con Lucía y oye, qué bien, qué conclusiones más sabias y sanas ha sacado ella, de sus cosas, y cómo me alegro de que corra por los pasillos de la fnac para darme un abrazo, y que escriba, y que me diga que cuando me conoció pensó que quería tener tan claro como yo que tenía suerte en la vida, y luego en casa le pasé un disco entero a la niña, y las dos nos caíamos de la silla, y la iguana que estaba a su lado leía palabras sueltas, y tenía horchata, dice ella, leyendo sin parar sobre fumadores de opio y piedras azules, y la reina del faralae decía perdón y a la cama, y me entran ganas de comérmelos por los pies. La niña tiene cosas escritas en servilletas y a falta de ellas arranca carteles de "busco compañero de piso" de las farolas. Y quise colgar aquí un vídeo, pero me contuve, y creo que hice bien. Lo colgué en otro lado, para quedarme tranquila, eso sí. Y al salir de la tienda, antes de todo eso, no sé cómo, canalicé mis energías y firmé unos papeles de una ong, y el tío casi me abraza porque no me veía receptiva, ni amable, ni hostias. Pero a veces estas cosas pasan. Y antes de todo eso, mi madre me hablaba con voz preocupadísima y yo quiero hacerle ver que estoy bien, pero no me cree, y quiero hacerle ver que sí, que vale, que tengo una racha tal que así, pero que estoy tranquila. Dice que ya hablaremos. Viene mañana, mi madre. Y mi hermana y mi cuñado. No sé yo si querremos meternos en la piscina, con este frío veraniego tan raro. Y por más que busco conciertos y eventos para este fin de semana, no encuentro nada. Supongo que tendremos que cantar nosotros, que para eso somos músicos, todos. Esta mañana me pican las piernas y yo me rasco como si me fuera la vida en ello. Me voy a trabajar, que ya queda poco, poquísimo.