Se habla de teatro y de locura. Se recuerdan vídeos en blanco y negro. Infancias. Se cuentan chistes. Se bebe con salud. Se hacen las croquetas de sesenta en sesenta. Se cobran a setenta céntimos la unidad. Se ve una piscina desde el balcón, y en la planta baja, marihuana. Se hacen reojos. Me entran ganas de compartirlo. Tomo apuntes sobre el robo del siglo, para cuando vuelva al trabajo. Tengo la cara complicada y la mata de pelo espesa y eléctrica. Mi madre me dice que estoy más guapa y más delgada. No longer retotollúa. Tengo colgadas de los mofletes las ganas de sonreír. Se firma una tregua. Se echan las persianas. Se nubla el cielo, en Madrid, pero no en mi cabeza. Hasta que voy a comer a un restaurante y me toca una almeja maligna. Hormigueos y mala leche son transformados en risas lastimeras y vídeos caseros desde las alturas. Casi me quedo en casa. Pero soy una jabata y vengo con colorete a la tienda, para disimular mi cara de sepia pisada. Aunque llegue hora y media tarde. Estoy mejor.