Descubro que me queda media tableta de chocolate con avellanas. Eso es un milagro. Me la como, sin remedio. Ya sólo me queda una fila. Las avellanas me dan escalofríos en las muelas y no sé si es normal. Ya me hice con los 400 de york, pero la muy perra me lo ha cortado muy gordo, y eso se traduce a que me dura aún menos (si cabe) en la nevera. Y el plan del jueves, que es el de todos los jueves pero que llevo poco disfrutando (de hecho, sólo un jueves, pero ¡qué jueves!), parece que se convierte en sábado. Es decir, que el jueves no es jueves, hoy. Y el sábado cada vez está más disputado, pero me parece a mí que lo voy a disfrutar con ciertas personas, las dos de vuelta de las vacaciones, las dos tesoros míos, una muy alta con aspiraciones a puerro y otro con barba que fuma en pipa. Que ya hay ganas.

Y anoche me volví a maravillar con la fuerza y entereza de algunos. Con las sonrisas no forzadas, a pesar de los ojos tristes. Con las ganas de vivir y seguir adelante. Con las ganas de comer helado, también, por qué no. Y yo iba del brazo de Jamilé, y nos reíamos de tonterías. Y nos metíamos con los demás. Y su brazo es delgado y su mirada es indescriptible. Las dos hacemos la misma gilipollez con los dedos, eso de doblar las últimas falanges como si fuéramos extraterrestres o qué sé yo. Y chocábamos las garras, gruñendo. Y le dije que mi hermana también lo sabe hacer. Y me dijo que la suya también lo hacía. Y que se acuerda de cuando fueron las dos a Sevilla, a la feria. Y me las imaginé perfectamente, hablando en francés, dos gotas de agua recorriendo calles de albero, riéndose y a lo mejor improvisando unos bailes, bajo el cielo de farolillos de colores.

Y cuando me despedí, le pedí su e-mail, porque de corazón quiero saber de ella durante el año, porque quiero estar cerca, de alguna manera. Porque nos conocemos poco pero la quiero mucho. Porque me dan ganas de achucharla y escuchar todo lo que quiera decir, con ese acento tan dulce. Nos dimos un abrazo fuerte y vi que tenía los ojos un poco ahogados. Le toqué el brazo y le di ánimos para todo. "Tú también", me dijo ella. Joder. Eres grande, Jami. Pronto, espero, voy a verte a París, a veros a los dos. A ti y a "Manolo". Otro que es grande, enorme. Aunque espero que no me reciba con los pantalones esos de siete pliegues sin planchar, haciendo una postura de yoga, o haiku, o como quiera que se llame lo que hace. Y tenemos que hacer la ruta de Amelie, y reírnos mientras sacamos las garras, que nos sale de puta madre. Lo de reírnos, lo de arañar a la vida cuando hace falta.