Que elija bicicletas me dice mi madre, que las enmarca ella. Sonrío. Lo veo. Venga, va. Josip le quita el teléfono y me habla de un tal David Silvian, para finales de octubre. Dice que él se apunta conmigo, que le apetece mucho, y me cuenta con sus palabras de quién se trata. Dice alguna que otra cosa más. Me sienta bien. Yo bajo desde Atocha a mi casa con el teléfono en la oreja y todo huele como a manguitos, a azulejos verdes, a chapuzones, a cloro. El calor de hoy es turquesa y chillón. Para celebrarlo, vengo pensando en hacerme unos tallarines a la moda de aquel septiembre, el primero de todos, vaciando una lata de berberechos tal cual sobre la pasta cocida. Trago (apenas mastico) medio plato mientras sigo al teléfono. Mi novia en la distancia me cuenta, me dice, sopesa, reafirma. Y Lucía me regala, sin saber que lo asumo como regalo, un poema escueto. Y es que quiero escuchar, leer, quedarme con la vida de los otros, en mi cabeza, chapoteando.