El camarero que se parece a Brendan Fraser me gusta, no sólo porque me gusta Brendan Fraser (que me cae muy bien), sino porque nunca me mira más de un segundo, lo justo para notar que estoy, lo justo para comprender él solito que quiero cambio de un billete y que le voy a pedir que active la máquina de tabaco. Entonces procede, efectivamente, a darme cambio sin mirarme y luego aprieta el botón que desbloquea la máquina. Me gusta, precisamente, porque no me presta la más mínima atención. A veces cuando paso por delante del bar y le saludo, creo que ni siquiera me contesta. Es fantástico.