Roja, tierna, mantequillosa al tajo, a ratos dorada si así lo prefieres, humeante, sólo olerla, un poco, desde lejos, mientras se hace a la plancha, o a la brasa, o en sartén con aceite de oliva vírgen, y luego recién hecha, recién todo, cómo suena, retinta en su esencia, retinta cantarina, tierna de nuevo, roja, rojísima, sangrante, intensa, necesaria, sí, has oído bien, necesaria y urgente. Casi cruda o en su punto. Y llega el momento de clavar cuchillos, de introducir tenedores, el momento perfecto, la máxima felicidad (resumida muy bien con anterioridad, ¿cómo era?) cuando entra en contacto con tu lengua, y la sangre, cuando puedes despedazarla con dientes, despacio, brillantes los labios, los tuyos, quizá los suyos, mientras te la comes a besos, impulsos y mordiscos, la ternera roja, la ternera imponente, la ternera vírgen que te devora a ti, dejándote completamente indefenso, incandescente. Y lo sabes.