Mi calle siempre está a oscuras. A veces ni siquiera están encendidas las farolas, pero incluso cuando sí lo están, la calle es penumbra absoluta. Normalmente, cuando vuelvo a casa bajando esa calle, llamo a alguien para que me acompañe virtualmente hasta la puerta de mi casa. Anoche, no lo hice. A veces, las menos, pienso que ya no me da miedo caminar sola, por muy oscuro que esté. Y anoche, antes de todo eso, dije en voz alta algo que no había dicho en voz alta hasta anoche. Un trabalenguas de realidad. Y pensé, sí, así es. Y creo que por eso fui capaz, perfectamente, de recorrer la calle sin guías, ni luces, ni compañía. Y al llegar a casa, acostarme, sin más, en mi cama, mía, yo, aquí, conmigo. No suena mal, tanta eme. Suena mullido y suave, esto de hablar en singular, a veces, aunque sean las menos.