Me seco las manos con lo que pillo para abrir la puerta después de un ligero y timidísimo toctoc, nada de timbres. La pequeña boliviana de unos siete años me habla bajito, como pidiendo perdón con carácter retroactivo por las guarderías afterhours; mientras su hermano, dos años menor según mis cálculos, está sentado en la escalera, con la cabeza apoyada en la pared, sin querer mirar.

- Por favor, me podrías prestar tu llave de aquí - señala mi cerradura- para ver si abre aquí - señala la suya.
- No son iguales, te lo aseguro.
- Porfiiii.
- Mira.

Voy con las llaves y evidentemente no entran. Por un momento pienso qué pasaría si abrieran. Mal rollo. Pero no, no abren, para desgracia de los dos hermanos, que se han quedado fuera de casa. Le explico que una misma llave no puede abrir casas diferentes, porque entonces podrían ellos entrar en mi casa, y eso no puede ser. Le digo que lo siento. Ella se queda decepcionada mirando su puerta.