Corre, Madrid, corre. Dos alcachofas unidas por un imperdible, se me enfría el arroz de la risa, y sigo sin vestido. Pruébate seis sudando la gota gorda, siéntete gorda delante del espejo con todos esos plisados y floripondios, pasa frío al salir a la calle, a la sombra, soporta el viento al sol, corre, no tienes tiempo ni para el cigarro en tu esquina, corre, el restaurante vegetariano que te deja con hambre, quizá, aunque no lo notes hasta pasadas dos horas, y esa oficina tan molona llena de cintas, y luego cookie de avena, agua fría, ganas de ir al baño, y no vas, porque la tienda está llena, aunque a veces no lo esté. Y después de currar, apura las tiendas, cómete las lentejuelas al meterlas por la cabeza, y sigue sin aparecer, pero tengo reservas y mañana saldré de caza, con la espalda todo lo recta que pueda y la cabeza aún líquida, como ayer, pero con nimiedades esta vez, porque los vestidos son tonterías, si me fijo. Y hay cosas que sí, como los programas de radio gamberros relatados a posteriori, o las visitas de última hora y las novias guapas, o los bailes garabateados con hilo musical. Pero las cosas que no, ahí están, oye, ahí siguen, dando por culo, entre que salgo y no salgo de un probador lleno de perchas. Entre canción y canción de un disco en directo.