Llego a casa y lo enchufo todo para cargar baterías: móvil, cámara, calamar. Yo también cargo baterías, pero sin necesidad de electricidad. Lo hago quedando para una cerveza rápida con Lucía, después de un día larguísimo. Compro dos vestidos para decidirme al final por uno, claramente, porque el otro tiene un verde manzana maravilloso pero el límite entre falda y cuerpo está en un sitio erróneo, así que lo desecho, sí, sí, sí, y me quedo con el escotazo en blanco y negro. Que es la mitad de barato, dicho sea de paso. Y una chaqueta que es preciosa. Me pintaré los labios de rojo, eso seguro. Tengo ganas de verme guapa, muchas ganas.

Le regalo dos libros a Lucía que viene gritándome en la oreja, que me grita en las manos agarrándolas, que me vuelve a gritar con los pies acelerados, dejando voces por toda la calle. Hablamos a ratos de lo inevitable. De repente me dice que me ve más mayor que cuando me conoció; pero me lo tomo bien porque lo dice orgullosa, sonriendo, y porque sé a lo que se refiere. Dice que he crecido, que no soy una niña, que soy más grande, ahora. También me dice que a ella le gusta ser mayor. Discutimos sobre la relatividad de las edades y damos por sentado que las nuestras son estupendas, tengan las cifras que tengan. Ella sí que ha crecido, mucho, en un mes. Se la ve feliz, por lo que viene. Por lo que por fin llega. Me dice una vez más "yo creo que sí" mientras me como una aceituna extraviada, sin temores.

Y ahora, después de los preparativos para el día de mañana (que empezará muy temprano y acabará el domingo por la noche), me serviré una plato grande de cereales y me dormiré contenta. Aunque no sé si encajaré en mi propia cama, que se me hace pequeña, de lo grande, por dentro, que me siento de pronto.