Que en el tren me di cuenta de que estar sola significa hacer muchos esfuerzos de contención verbal. Que en la boda se respiraba un amor denso y una felicidad arrolladora, y eso me emocionó mucho, estando tan dentro como fuera, mientras la niña me miraba con ternura y la novia me hacía los mismos gestos de siempre, los de la cafetería de la facultad desierta, desde el altar. Y a falta de pan, buenas eran tortas. Como las que me daba el discurso del hermano pequeño, que casi me levanto y le riño por hacerme llorar. Y mi escote quizá era excesivo pero acabé bailando.

Y volviendo al tren, o quizá en el otro tren, miraba olivos y me imaginaba escenas bajo sus sombras, sin saber muy bien porqué. Las aceitunas parecen formar un buen colchón, según la época del año. O quizá me gustaría que se me clavaran las piedras o que me picaran los mosquitos por quedarme dormida allí abajo, a lo mejor incluso en pelotas, oliendo la intensidad del campo. Y en el tren; de nuevo no sé en cual porque casi me he pasado el fin de semana montada en uno; me despertaron tirándome al regazo un peluche psicodélico no apto para epilépticos y eso me puso de mala leche. Pero lo arreglaron dos ciervos tipo bambi que se dejaron ver, más tarde, el uno frente al otro, masticando el silencio.

Y antes, o quizá después, la niña se tuvo que ir corriendo y me quedé en la estación hora y media, leyendo cosas útiles y casi quedándome dormida en el banco de hierro, con el culo a cuadros cogiendo frío. Pero oye, en el café, qué bonito es hablar, de dejar de fumar, o de montar un negocio, o de lo que sabemos hacer, o de las vocaciones, o de los hijos. Aunque yo no tenga casi nada de eso. Aunque nos echen de la habitación a golpe de un teléfono que es demasiado cutre para ser cierto. Y la tele sólo se oía pero tuvo su gracia cuando me dormí una siesta de dos horas esperando a que llegara la otra. Y que a mí también me gustan los libros, sí, y no sólo porque tengan palabras sino porque tiene que ser bonito coger un texto y dividirlo, transcribirlo, encajarlo y diseñarlo.

Pero aquí sigo, volviendo a las buenas costumbres, a las que de verdad me importan, como darle doble click a ese icono y escribir dosmil palabritas, a ver qué tal, mientras oigo caer lluvia, muy seguido, como la he oído durante casi todo el día, en Madrid.