Voy a hacer como antes. Lo de escribir casi dormida. Ayer hice todo lo posible porque las conexiones funcionaran, pero mi gozo cayó al fondo de un pozo en forma de puerto usb. Vino a verme mi hermano, por hacer tiempo, el otro día, a casa. Yo me comí medio plato mientras él me contaba cosas y me preguntaba. Hacer tiempo, qué expresión más curiosa. Si fuera tan fácil, hacerlo, digo. Qué bonito. Yo diría: "espera, hago un poco de tiempo y así no tenemos que ir con prisas". Y podría dormir más horas y escribir todos los días un rato largo, sin distracciones. En mi familia somos mucho de hacer tiempo. Se nos da bien.

Mi hermana me llamó un rato largo, y solté carcajadas de las que me pillan por sorpresa, por aquello de las calles de la piscina (no me extiendo en este punto porque respeto y quiero mucho a mi hermana) y lo de que su cocina que era Kabul. Y me reía yo mucho, hasta que empezó a sonar como un robot. Porque además, en unos días (no sé cuántos, allá por el puente del Pilar) me subo a Comillas (curioso nombre, sí) con ellos. Con todos menos mi hermano, y con mi cuñado, que tiene canciones nuevas que me hacen sonreír, con rimas asonantes o algo así, y dice que se va a llevar lo más grande de lo otro. Esto último es demasiado críptico incluso para mí. Mi madre ha propuesto que nos levantemos tempranito para aprovechar el día y mi hermana y su padre, que es el mío, se han mirado como diciendo que ni de coña. Pobre madre, quiere hacer excursiones pero no se acuerda de que allí el silencio es tan aplastante que acabas durmiendo trece horas diarias, del tirón. Qué ganas tengo de volver a recorrer la mitad de España en coche, con ellos. Y reírnos con los nombres de los pueblos unipersonales.

El caso, que hablando de sorpresas (sí, acuérdate, antes he escrito esa palabra), tengo que sorprender, y para sorprender hay que hacer cosas muy normales, inocentes, cosas que disimulen lo que está a punto de pasar. Y es por eso que las personas hablan de comidas típicas o de sus ocupaciones laborales. Y que se verán más veces, para cosas normales. O quizá no tan normales. Y sorpresa es también cuando al final del día, algo se te arregla lo justo para dormir en paz. Y a seguir rodando, llueva o no llueva. Al final, me estoy terminando el librito de Stephen King, uno sobre cómo escribe él, que me está picando y gustando mucho, y además estoy deseando bajar el edredón para dormir blandengue. Y aunque no lo parezca, tiene relación.

Por último, anoche, Stephen me regaló esto:

Stephen King

Bien por Stephen.