Compro una percha adhesiva para colgar mi bata de invierno. Compro cremalleras de colores, y es que la última la usé para un monedero redondo, regalo para mi hermana, con no demasiada fortuna. Compro comida fácil para no olvidarme de comer. Al llegar, me bebo un litro entero de yogur mientras sopeso (acompañada esta vez) las dificultades de la vida. Lo de aprender de los malos tragos. Y que estaría muy bien madurar a base de buenos momentos y no al revés. Levantarme, comprar lotería, que me toque y decir "mira, qué suerte he tenido, gracias a esta cosa buena que me acaba de pasar soy mucho más madura, he crecido, me he hecho fuerte". O levantarme con la vida resuelta, sin agujeros, con una casa mejor, con comida que me apetece y no me da asco, con cosas que me gustan por hacer. Con fuerzas y la piel suave. Con un pelo bonito, por qué no. Con tiempo por delante, del que no duele, sin prisa.

Y esta mañana he estado horas subiendo fotos de estos días en Cantabria, a flickr. Algunas son muy bonitas. Aunque en su momento no las haya visto, a pesar de hacerlas. Sí que son bonitas. Aunque eso al final lo he colgado antes, justo antes que esto. Y sí que me ha venido bien el norte, aunque haya estado sin estar, pero estaban ellos, y ellos rellenan los huecos, aunque sea jugando a las cartas, al billar, peleándose por un sofá, tirando una pipa al suelo o andando lo justo. Y todo el rato, mi cabeza dando vueltas, que resulta agotador y no necesariamente productivo. Pero al final, de las seiscientas vueltas innecesarias y las ochocientas más bien dañinas, va quedando un poso certero, una base de acuarela suave, que me dice que sí a unas cosas y que no a otras, y que tiene toda la razón. Porque en el fondo, aunque sienta que pierdo el control, sé lo que está pasando, conozco el porqué de las cosas y veo perfectamente dónde estoy. Y va a ir bien. Todo.

Volviendo a casa he mirado mi habitación, desde la calle. Se ve cálida y el póster de la cabecera de mi cama queda muy bonito, todo fucsia, desde abajo. Parece una habitación feliz. Y antes, en el supermercado, apurando la batería de mi móvil, una amiga me ha dicho que está orgullosa de mí, a saco, y que lo estoy haciendo muy bien, y que soy muy valiente por sufrir y no esconderlo. Y que tengo mucha suerte por encontrar las palabras, escribirlas y enseñarlas. Y antes, todos los días casi, aquello de "si a ti te sirve" y lo de "si a ti no te molesta". Y entiendo, y veo, y valoro, y sé. Que tengo muchísima suerte. Y al menos ahora tengo altibajos. Lo cual quiere decir que a veces estoy mejor y otras peor. Pero va a ir bien, porque la gente implicada es auténtica y generosa. Porque me quieren con todo el alma. Así que me voy a dedicar a llenar el tiempo en las horas altas, con las fuerzas de debajo de la cama, y a llorar lo que tenga que llorar en las bajas, comiendo quizá una barrita de cereales, con toda la dignidad posible y con ganas de que se pase pronto. Con propósito de enmienda y un saco grande de muchas gracias.